LOBO de CRIN o BOROCHI (Chrysocyon brachyurus)

Cánido de las pampas. Los guaraníes lo llaman aguará guasú ("zorro grande")
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A MIS LECTORAS... y al resto

“Amigos lectores que leerán este libro blog, | despójense de toda pasión | y no se escandalicen al leerlo |
no contiene mal ni corrupción; | es verdad que no encontrarán nada de perfección |
salvo en materia de reír; |
mi corazón no puede elegir otro sujeto | a la vista de la pena que los mina y los consume. |
Vale mejor tratar de reír que derramar lágrimas, | porque la risa es lo propio y noble del alma. Sean felices!”
--François Rabelais (circa 1534) [english]
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jueves, 20 de junio de 2013

El arte de citar: Citas abusivas

"Lo que recitas son, Fidentino, mis versos;
 pero dichos tan mal que ya parecen tuyos."
http://www.letraslibres.com/revista/convivio/citas-abusivas
Por Gabriel Zaid
Con esta entrega, Gabriel Zaid continúa su análisis de ese subgénero de la literatura que es el arte de citar, iniciado el mes pasado con "Citas exóticas". La distorsión, el adorno y la apropiación son sólo algunos ejemplos de esta nueva y deliciosa clasificación.
[...]
1. La queja más frecuente contra las citas abusivas es la distorsión. Atribuyen al autor original lo que de hecho es creado por el segundo autor. Los ejemplos son infinitos. Paul F. Boller, Jr. dedica un libro entero a recoger y catalogar citas abusivas en la prensa norteamericana de mediados del siglo XX en Quotemanship: The use and Abuse of Quotations for Polemical and Other Purposes (Southern Methodist University Press, 1967). Pero el segundo autor puede abusar de muchas otras maneras.
2. Citar para disimular el vacío intelectual, es una forma petulante de callar, criticada desde la Antigüedad. Sócrates se lo reprocha a Protágoras (348):
No me salgas con citas de Simónides, porque estaríamos como los hombres incapaces de conversar, que dejan la palabra a la música que contratan para amenizar sus reuniones. ¿Qué piensas tú? ¿No tienes nada que decir?
     Séneca se lo escribe al discípulo que le pide máximas de filósofos, para memorizarlas: No te hacen falta. Ya es hora de que tú mismo digas cosas memorables (Cartas a Lucilio, 33).
     Lichtenberg dejó entre sus papeles un apunte sarcástico sobre el mismo tema: "No cesaba de buscar citas: todo lo que leía pasaba de un libro a otro sin detenerse en su cabeza" (Aforismos, traducción de Juan Villoro, FCE, p. 189).
3. También se ha criticado a los que citan a los clásicos para adornarse (como quizá lo malició el piadoso lector de las citas anteriores).
 Cervantes, en el prólogo del Quijote, se excusa de publicarlo "sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros", "llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos", para que los leyentes tengan "a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes"; pues "soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que sé decir sin ellos".
4. Distorsionar, disimular y presumir también conducen al abuso opuesto: no citar, aprovechando ideas, temas, tratamientos, recursos, visiones y hasta palabras exactas sin reconocerlo. Aristófanes, en Las nubes (551), acusa a Eupolis de haber plagiado una comedia suya: "Agregó solamente una vieja bien borracha", que "ya Frinico la había inventado".
     Marcial (Epigramas 1, 38) se burla de un poeta que lo plagia, sin cambio alguno, excepto la dicción: "Lo que recitas son, Fidentino, mis versos; pero dichos tan mal que ya parecen tuyos."
5. Aprovechar sin reconocer puede ser una elegancia obligada por las buenas maneras académicas. En el punto anterior, por ejemplo, de no haber puesto el número 551, parecería que estaba citando a la manera clásica, de memoria; y, poniéndolo, parece que tengo a la vista una edición griega, o bilingüe, o cuando menos numerada. En realidad, la acusación de plagio y la referencia exacta las encontré en el Oxford Classical Dictionary, artículos "Plagiarism" y "Eupolis". Y la edición que cité es la económica versión de Las once comedias de Aristófanes (colección Sepan Cuantos de Porrúa, p. 77), muy recomendable, a pesar de que Ángel María Garibay ha sido acusado de no saber tanto griego y aprovechar una versión francesa. De la cual no pudo haber tomado el sabroso lenguaje de teatro populachero, ni los mexicanismos (pelado, tompeate) que tan bien le van a Aristófanes. Pero todo esto (la información tomada de los diccionarios, las ediciones populares, los trabajos del mundo no académico) no debe ser citado, aunque se aproveche. No es elegante.
6. En 1673, Jacob Thomasius hizo un catálogo de abusos de los eruditos elegantes: firmar una compilación de textos ajenos con un título engañoso, que suene a texto del compilador; robarse la idea de un autor y no citarlo; o citarlo, pero no en el punto decisivo, sino en otro completamente secundario, para escamotear el robo principal; o adobando lo robado en una presentación "superior", que sirve para citarlo, pero negativamente: criticando sus limitaciones, que lo dejan muy por abajo; o, con mayor audacia, acusándolo de plagio, para adelantarse a su posible acusación y desacreditarla de antemano (Dissertatio philosophica de plagio literario citada por Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History, Harvard, 1998, pp. 13-14, 207).
7. El mismo Grafton, que es profesor de historia en Princeton, describe, en el primer capítulo, cómo citan los historiadores, para acreditarse y desacreditar. Por ejemplo, con citas venenosas, que pueden reducirse a un simple Cf. (confer, compare lo que dice Fulano). En vez de presentar y debatir una opinión contraria, lo cual es concederle importancia, se puede simplemente decir: Ésta es la verdad, aunque otros no sean capaces de verla. Cf. Fulano.
     Si hace falta más, procede una "scholarly version of assassination", pero muy académica: algo breve y sanguinario, como "discutable" (los franceses), "oddly overestimated" (los ingleses), "ganz abwegig" (totalmente desencaminado, los alemanes).
8. Según Grafton (capítulo 7), la cita como prueba científica es un concepto moderno, que impuso el Dictionnaire historique et critique (1696) de Pierre Bayle, un filósofo cartesiano, que documenta y discute cada una de sus afirmaciones en largas y polémicas notas al pie. Hubo antecedentes: la cita exacta de la ley era una práctica establecida en el derecho romano del siglo v; la edición de textos bíblicos anotados al margen fue inventada por los teólogos del siglo XII; las notas de un autor a su propio texto aparecen en la Edad Media tardía y el Renacimiento (pp. 30-32). Y, desde luego, en los tiempos de Bayle ya existía el uso de la palabra pruebas, que encabezaba una simple lista bibliográfica al final, pero sin dar la página y el texto que fundamentan cada afirmación. Integrando todos estos antecedentes, Bayle estableció en su diccionario un modelo de rigor que fascinó a Voltaire, Hume, Diderot, Winckelman, Gibbon.
9. Es paradójico que Bayle haya sido cartesiano, porque Descartes, por el contrario, ocultó sus fuentes. En el Discurso del método no hay un solo autor citado, aunque Descartes se asume como parte de una comunidad lectora, de la cual espera opiniones. Sostuvo una activa correspondencia filosófica (seis de los once volúmenes de sus obras, en la edición de Adam y Tannery, Vrin, 1996). Es quizá el primer autor en la historia que concede una entrevista para responder un cuestionario (el 16 de abril de 1648: Descartes, Entretien avec Burman, Vrin, 1975). Todo lo cual hace más notable su no citar a nadie, que es una crítica a la tradición erudita. Su posición es la socrática: No me vengas con citas de Aristóteles, sin pensar por ti mismo, observar, hacer experimentos, medir. Tampoco me leas sin criticarme. "Suplico a los que deseen hacer alguna objeción a mi doctrina que se tomen la molestia de enviarla por escrito a mi editor" (traducción de Manuel Machado, también muy recomendable, en la misma Colección Sepan Cuantos, p. 38).
10. La cita como prueba científica, aunque esté acompañada de comentarios irreverentes, como en Bayle y sus seguidores, tiene una nobleza (la tradición crítica, la cultura como conversación) que ya no se encuentra en la cita como prueba de trámite cumplido para merecer el pase (a la graduación, la publicación, el ascenso). Hay algo válido y pedagógico en asegurarse de que los recursos bibliográficos de cada disciplina se manejen con destreza por todos los participantes. Pero las citas como credenciales ya no son la cita como prueba científica.
11. Del abuso de las citas convertidas en credenciales se llega a un abuso mayor: las credenciales falsas. "Hacer como que se ha leído lo que no se ha leído sucede con frecuencia. Hay personas de treinta años que citan en sus obras más libros de los que pudieron haber leído en varios siglos" (Nicolas de Malebranche, De la recherche de la vérité, 1674; citado por Antoine Compagnon, La seconde main ou le travail de la citation, Seuil, 1979, p. 233).
12. El abuso final (o más reciente) está en la superación posmoderna de estas preocupaciones: Es un error hablar de distorsiones, plagios ni refritos, porque todo autor es un segundo autor, todo texto es parte de un intertexto, no hay nada original, todo lo publicado es un tejido de citas, alusiones, parodias, homenajes, sin origen ni centro. La muerte del Creador implica finalmente la muerte del creador, como dijo, más o menos, Foucault. Lo cual no impide que Foucault y Derrida firmen como autores de sus libros, defiendan sus derechos autorales, cobren regalías y sean vistos por sus seguidores como genios originalísimos. En la práctica, la doctrina se invierte provechosamente: si el creador no existe, todo está permitido. El segundo autor es tan autor como el primero, tan original como el primero, con tantos derechos como el primero.
     La manga ancha posmoderna ha servido para legitimar muchas transformaciones pedestres o abusivas que hoy pasan por creación. Borges se burló anticipadamente de lo que vendría, al inventar un personaje (Pierre Menard) que se volvía autor del Quijote por el simple hecho de transcribirlo. Sin embargo, prosperan los artistas que se lo toman en serio, y presentan como obra suya el manoseo de tal o cual cosa.
     Paralelamente, hacer estudios semiológicos sobre cómo los textos se refieren unos a otros y se modifican mutuamente ha dado origen a toda una industria académica, documentada por Udo J. Hebel en Intertextuality, Allusion and Quotation: An International Bibliography of Critical Studies (Greenwood, 1989), que no he visto, ni hace falta, para citarlo posmodernamente. ~

viernes, 21 de agosto de 2009

Libertad de acción y expresión

En Cambalandia se hará
lo que los cambalandeses quieran...
Pero en mi habitat yo aúllo
donde, cuanto, como y lo que yo quiera
(pero cuando pueda)
--manechi afónico

miércoles, 4 de marzo de 2009

... telling the truth...

“in a time of hype, telling the truth becomes a revolutionary act.” --George Orwell

the-complete-discussion-about-the-actual-economic-crisis

Jessica Rabbit

"I'm not bad, I'm just drawn that way." --Jessica R.

Jessica Rabbit is Roger's wife in the book and movie. In the book, she was an amoral, up-and-coming star and former comic character, over whom her estranged husband, comic strip star Roger Rabbit, obsessed. She is re-imagined in the film as a sultry, but moral, cartoon singer at a Los Angeles supper club called The Ink and Paint Club. Here, she is one of several suspects in the framing of her husband, who is a famous cartoon star. She is voiced by Kathleen Turner. Amy Irving was cast to sing Peggy Lee's "Why Don't You Do Right" for Jessica's first scene in the movie.
Jessica was based on Veronica Lake, and even fashioned her famous "Peek-A-Boo" hairstyle. She is one of the most famous sex symbols on animated screen.[1] She claims to Eddie Valiant, "I'm not bad, I'm just drawn that way." She deeply loves her husband Roger and the main reason is that he makes her laugh.
After the film, Jessica also appeared in the Roger Rabbit/Baby Herman shorts Tummy Trouble as a nurse, Roller Coaster Rabbit as a damsel in distress, and Trail Mix-Up as a park ranger. In Tummy Trouble and Roller Coaster Rabbit she made no impression, but in Trail Mix-Up Roger fantasizes over her, calling her a 'babe in the woods' and panting like a dog. She also appeared frequently in the Roger Rabbit comic book series, and she had her own feature in most issues of Roger Rabbit's Toontown such as "Beauty Parlor Bedlam," where she comes face to face with female weasel counterpart, Winnie.
With the success of the film and upon the opening of Disney's MGM Studios on May 1, 1989,[2] the film's characters featured prominently in the company. After taking the Backlot Tram Tour, various props decorated the streets including two different photo opportunities with Jessica: a glittery cardboard cutout and "The Loony Bin" photo shop which allowed you to take pictures in costume standing next to an actual cartoon drawing of characters from the film. There was also a plethora of merchandise including Jessica Rabbit rub-on stickers called "pressers".
Disagreements between the Disney Company, Amblin Entertainment and Gary Wolf (jointly owning rights to the characters) made it difficult for any merchandise or projects to get off the ground and caused the halt of the short film, Hare in My Soup, and the next film Who Discovered Roger Rabbit.[3] In this prequel, Roger meets his bride-to-be, Jessica Krupnick. A completed score by Alan Silvestri is said to exist as well as test footage and computer generated versions of the characters. Also cancelled was an animated TV series, which was replaced by a show called Bonkers about a feline cop. Many park attractions never got out of development, such as Roger Rabbit's Hollywood.[4]
In 2000, Disney - MGM Studios stopped using any character memorabilia in the park, though some props are still present. These include a Maroon Cartoon billboard featuring Roger, Jessica, and Baby Herman across from the Indiana Jones Stunt Spectacular show, Eddie Valiant's office and a cut-out of Roger on the blinds of a neighboring window near the 50's Prime Time Cafe, and the "ton o' bricks" hanging near the “Honey, I Shrunk the Kids” Movie Set Adventure.

List of Who Framed Roger Rabbit characters



Memez o sexo?

"Si uno se asoma a Internet, el trapicheo de memeces ocupa el 90%."   --Julián Marías Aguilera (Valladolid, 17 de junio de 1914 - Madrid, 15 de diciembre de 2005), filósofo católico español, discípulo y amigo de José Ortega y Gasset.

Yo pensaba que más del 90 % eran videos, fotos y otros temas pornográficos, no tartamudeos de mentecatos